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Seriedad profunda y gozo inefable

La seriedad profunda de Dios
Dios tiene la indiscutible e indubitable intención de: redimir, completar y bendecir la creación. (Rom. 8). No hay duda alguna. El ha tomado con seriedad profunda esta intención. Su creación y la necesidad de redención no es cosa liviana. Ha sido El y sólo El quien ha orquestado la historia redentora que nos presenta el Antiguo Testamento. Lo ha hecho a pesar de las rebeliones, pecados e iniquidades de los hijos de Adam e Israel. No vacila, ni descansa. No duerme el que cuida a Israel. (Sal. 121). En el momento climático de esta historia redentora 
“el verbo se hizo carne”. (Jn. 1.14)

Y en palabras de Pablo:
“Dios manifestado en carne”. (1Tim. 3.16). 
La Encarnación: evidencia de la seriedad profunda de Dios
La encarnación es evidencia indiscutible e indubitable de la seriedad profunda en su intención y propósito. De esto dan testimonio “los muchos” desde Moisés hasta los profetas. Sin embargo, ha sido el testimonio de los apóstoles el que fue acompañado con demostración del Espíritu Santo trayendo en anticipación una prueba del mundo venidero. (Heb. 6). Pues dice así la escritura:
“Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad”. (Heb. 2.1-4).
La seriedad con que Dios ha llevado a cabo su propósito de rescatar, completar y bendecir la creación se hacen evidentes en estas palabras de Juan: 
“Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida…eso os anunciamos , para que tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su hijo Jesucristo”. (1 Jn. 1.1, 3).
La seriedad superficial del ser humano
Por el contrario, somos nosotros quienes no hemos tomado en serio está historia, está revelación, está divina enseñanza. No hemos considerado con seriedad profunda lo que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo ha hecho para cumplir su propósito de redención y creación. Nos hemos conformado con migajas. C. S. Lewis en su libro “El peso de gloria” dice:
“Parecería que Nuestro Señor encuentra nuestros deseos no demasiado fuertes, pero demasiado débil. Somos criaturas tibias, jugueteando con bebidas y el sexo y la ambición aun cuando lo que se nos ofrece es la alegría infinita. Como un niño ignorante que quiere seguir haciendo pasteles de lodo en un barrio pobre porque no puede imaginar lo que se entiende cuando se le hace la oferta de un día de fiesta en el mar. Nos complacemos con demasiada facilidad”
Es mucho más cómodo quedarse en la orilla que tener que “remar mar adentro”.  Nos es mucho mas fácil cumplir con cualquier regla antes que considerar con seriedad profunda las cosas de Dios. Convertimos la gracia en libertinaje, aún cuando esta es la proveedora de la verdadera libertad. Convertimos la vida en el espíritu en solo apariencia y religiosidad.
Si la escritura contiene evidencia de la seriedad profunda con que Dios sigue su intención y propósito en rescatar, completar y bendecir la creación; igualmente, esta ofrece un retrato de nuestra seriedad superficial. La historia del Antiguo Testamento y su momento climático en la vida de Jesús nos presenta la evidencia de nuestra superficialidad y seriedad llana. Esto dijo el Maestro:
“…y no queréis venir a mi para que tengáis Vida”. (Jn. 5.40).
Las palabras de Cristo aquí no son una pregunta retórica. Se trata de una explicación de la condición del ser humano. En otro lugar Jesús enseña:
“…la Luz vino al mundo y los hombres amaron mas las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. (Jn. 3.19).
La historia del Antiguo Testamento un testigo de nuestra superficialidad 
En la historia del Antiguo Testamento Israel no tomo con seriedad profunda las palabras de Jehová. Sin embargo, los profetas hablaron las palabras de Dios ha Israel. Los profetas denunciaron a Israel por la seriedad superficial que mostraron una y otra vez. El profeta Jeremías a vísperas del cautiverio babilónico les dice:
“No fiéis en palabras de mentira, diciendo: Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este”. (Jer. 7.4).
Los judíos habían confiado en el templo y no en Jehová el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. El templo era solo un símbolo, no la realidad misma. Pero ellos habían sustituido la enseñanza de Moisés con entendimientos paganos e ídolos huecos. Se habían vueltos superficiales. Por tal razón es que el profeta Jeremías les dice en otra escritura, “si te volvieras”. 
El profeta Ezequiel abre su boca en parábolas y profetiza entre los cautivos. Solo que denuncia la confianza fútil y superficial que tenían los pobres que habían quedado en la tierra luego del cautiverio. Les dice:
“Y vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, los que habitan aquellos lugares asolados en la tierra de Israel hablan diciendo: Abraham era uno, y poseyó la tierra; pues nosotros somos muchos; a nosotros nos es dada la tierra en posesión”. (Eze. 33.23-24).
Los judíos que habían quedado en la tierra de Israel, luego de que la mayoría de la clase elite fueran transportados a Babilonia, pensaban con optimismo. Si Abraham era uno y Dios le prometió la tierra, nosotros los hijos de Abraham, somos muchos. De seguro, pensaron ellos, la tierra ahora será nuestra. Al igual que aquellos que confiaron en el templo en tiempos de Jeremías estos confiaron en su linaje. ¡Que superficialidad! 
El profeta Malaquías tiempo después del regreso de los judíos levanta su voz profética contra un pueblo seriamente superficial, diciéndoles:
“Habéis además dicho: ¡OH, qué fastidio es esto! y me despreciáis, dice Jehová de los ejércitos; y trajisteis lo hurtado, o cojo, o enfermo, y presentasteis ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano? dice Jehová.
Maldito el que engaña, el que, teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica a Jehová lo dañado. Porque yo soy Gran Rey, dice Jehová de los ejércitos, y mi nombre es temible entre las naciones”. (Mal. 1.13-14).
Una vez más la superficialidad se manifestó. Esta vez en los sacrificios y el ritual. Dios ve más allá de nuestras comodidades. Escudriña el corazón. Y sabe si lo estamos tomando en serio. Si estamos con seriedad profunda considerando sus obras.
 
Templo, linaje y sacrificios en el Nuevo Testamento
En la denuncia profética que hiciera Jesús en su ministerio terrenal Jesús se alista con los profetas y continúa esta tradición profética. Acerca del templo dice:
“¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor. ¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro?”. (Mat. 23:16-17).
Acerca de una confianza hueca en su linaje dice:
“Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: ¿Seréis libres? Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres. Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros. Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre. Sois de vuestro padre el diablo. Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron:
Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios. Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira”. (Jn. 8:31-44).
Los apóstoles entendieron la seriedad profunda de Dios y nuestra tendencia a la superficialidad y a confiar en sacrificios y rituales, cuando exhortan: 
“Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de El, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesen su nombre”. (Heb. 13.15).
El gozo inefable
Tener y confesar el nombre de Jesús implica participación de la naturaleza divina, Y esta naturaleza es de gozo. “Porque el gozo de Jehová vuestra fortaleza es”. (Neh. 8.10). La ausencia de este gozo, específicamente el gozo inefable, se debe a nuestra tendencia a la superficialidad. Este gozo no es una mera alegría. Un asunto del momento. Es mucho más profundo que cualquier sentimiento o emoción por razones meramente temporales. Es un creer. Es una consideración sería y profunda de la obra de Dios tal como lo atestigua la escritura. El apóstol Pedro lo expreso así: 
“…a quien amáis sin haberle visto, en quien, creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso”. (1P. 1.8).
Muchos han sustituido la verdadera religión, o en las palabras de Wesley, la “religión experimental” por ideas de religión o cristiandad basadas en sentimentalismo, imaginación y popularismo. Sin embargo, mientras se dice: hoy, el que cambia el “lamento en baile”. Aquel de quien el salmista afirma con seguridad “Por la noche durará el lloro, Y a la mañana vendrá la alegría”. (Sal. 30.5). Nos invita a entrar en su gozo inefable. Gozo que viene de una consideración sería y profunda de su GRACIA.

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