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¡Acerquemonos!

El autor de la carta a los hebreos debió de haber conocido muy bien lo que aquí afirmaba. Cuando utiliza la frase “nuestras debilidades” deja manifiesto que estaba consciente de lo que en otro lugar se decía de Elías: 

“…Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.” Santiago 5:17-18

No existe en estas palabras rastro alguno de triunfalismo o elitismo. Se trata de “nuestras debilidades”. Cuando los escritores del Nuevo Testamento hablan de debilidades se refieren a aquellas limitaciones físicas y psíquicas que nos detienen en el desarrollo y progreso espiritual que Dios quiere para nosotros. Las limitaciones de un cuerpo que enferma y se va desgastando. Las limitaciones de las facultades del alma para amar, luchar, creer, querer…etc. Igualmente, el apóstol Pablo deja claro que estaba consciente de su debilidad. El mismo decía: 

“…cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor…” 1 Corintios 2:1-3


El apóstol más que nadie estaba consciente de sus limitaciones. Estas se hacen aun más evidentes cuando se trata de las cosas de Dios. Todas aquellas cosas que pertenecen a la vida cristiana nos hace consciente de que no basta la fuerza y las capacidades naturales, sino que necesitamos el Espíritu de Dios. Así lo expresó el profeta Zacarías:

“Esta es palabra de Jehová a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.” Zacarías 4:6


La oración (una disciplina o ejerció cristiano) es un ejemplo de esas cosas de Dios o de aquellas cosas que pertenecen a la vida cristiana que nos hace consciente de nuestra debilidad. El apóstol Pablo escribiendo a la iglesia en Roma dijo: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26).

Pero el autor de la carta a los hebreos (que algunos desde muy temprano creían que fue escrita por el apóstol Pablo) no estaba escribiendo principalmente acerca de nuestras debilidades. 

Su tema primario era Cristo


Y este quería demostrar a sus lectores que Cristo es superior al sacerdocio de Aarón. Este sacerdocio terrenal estaba limitado de muchas maneras. Era inadecuado en muchos sentidos. Pero Cristo hizo posible aquello que no pudo el sacerdocio Levítico, a saber, acceso directo a la presencia de Dios. Un acceso que no depende de nuestras debilidades, sino de la gracia de Dios en resucitar a Jesús y sentarle a su diestra ahora como Rey y Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras debilidades. ¡Acerquemos! Esta es la invitación. Esta invitación apostólica no solo se da aquí en hebreos 4.16 sino que el autor vuelve a invitar a su audiencia, es decir a nosotros:


“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.” Hebreos 10:19-22


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